EL DOLOR INTERSECCIONAR Y DESCENTRALIZAR LA BLANQUITUD
EL DOLOR INTERSECCIONAR Y DESCENTRALIZAR LA BLANQUITUD
En el artículo anterior, publicado en el Salto “La interseccionalidad no es un término bonito para hablar de la diversidad” Chaimaa Boukharsa, filóloga, comunicadora y activista decolonial marroquí, licenciada en Estudios Árabes e Islámicos, especializada en igualdad de género y diversidad cultural y cofundadora del medio de comunicación Afrocolectiva, nos habla de desmantelar la blanquitud como estructura de poder… pasar de la empatía a la acción
Nosotras, tras la entrevista a Sandra Carmona, unimos una reflexión a otra. Por un lado, hablar de cómo la narrativa blanca ha construido una imagen homogénea y estática de las personas gitanas o racializadas y de la importancia de integrar las emociones y el trauma colectivo que deja el antigitanismo y otros racismos, y por otro, queremos bucear en el proceso de la traición a la blanquitud.
Por eso nos surge la pregunta de ¿cómo poder sostener en los espacios educativos (pero también en los de activismo) ese dolor?, ¿cómo lo reconocemos como fuente de saber y de resistencia? ¿Qué papel debería de jugar la memoria, el cuerpo, las emociones en el proceso de traición a la blanquitud?
Respuesta de Chaimaa
Respecto a la entrevista de Sandra me encanta el enfoque que le da y tiene mucha razón al señalar que la narrativa blanca ha construido imágenes homogéneas y rígidas sobre pueblos como el gitano, y también los musulmanes o norte africanos negándoles su diversidad y humanidad. Esas miradas estereotipadas deshumanizan y ignoran el dolor histórico y el trauma colectivo que deja a su paso el racismo (antigitanismo, anti-negritud, islamofobia, etc.). Hablamos de generaciones enteras cargando con memorias de persecución, exclusión y violencia que rara vez son reconocidas por la sociedad blanca.
Este dolor negado es en sí mismo una fuente de conocimiento y de poder transformador, si sabemos sostenerlo y escucharlo y canalizarlo. Ahora bien, ¿cómo podemos, desde la educación y el activismo, sostener ese dolor y reconocerlo como fuente de saber y resistencia? ¿Qué papel juegan la memoria, el cuerpo y las emociones en este proceso de “traicionar la blanquitud” (es decir, desafiar el modelo hegemónico blanco)? Propongo algunas ideas claves.
– Nombrar el dolor y validarlo: Una de las formas más radicales de resistencia es romper el silencio. La cultura de la blanquitud suele invisibilizar el sufrimiento de las personas racializadas o exigirles que lo expresen con “moderación” para no incomodar, es decir, se pone en el centro el sentimiento blanco. Audre Lorde insistía en que la respuesta de las mujeres al racismo pasa por hacer explícita su ira, esa rabia provocada por la exclusión, el privilegio y los estereotipos.
En muchos espacios, cuando por ejemplo una persona gitana o negra expresa su enfado o dolor, se le tacha de exagerada o agresiva; se nos pide “bajar el tono”. Ese es precisamente el patrón que hay que romper, esa vigilancia del tono. Nuestros sentimientos importan, y mucho. La ira ante la injusticia, la tristeza ante la pérdida, el miedo nacido de la violencia vivida, todos estos afectos son legítimos y necesarios. Como dice Lorde, “mi ira y vuestros miedos concomitantes son focos de luz de los que podemos valernos para crecer”.
La culpa o la defensiva de quien escucha no sirven de nada, lo que sirve es escuchar sin deshumanizar y reconocer que en esas emociones hay una verdad y una oportunidad de cambio.
En la práctica educativa, esto implica crear espacios seguros donde las personas racializadas puedan nombrar su dolor y ser escuchadas, sin ser juzgadas ni silenciadas. Supone, para quienes facilitamos estos espacios, tener la valentía de tolerar la incomodidad, si la verdad duele, que duela, pero que se diga. Solo enfrentando ese malestar crecemos. Nombrar el dolor es el primer paso para transformarlo, y como siempre insisto, el antirracismo no es taller de autocuidado.
– La memoria como fuente de resistencia: Sostener el dolor también significa honrar la memoria de lo vivido, tanto en la biografía personal como en la historia colectiva. La blanquitud con su pretensión universal nos empuja a olvidar o minimizar las historias de los márgenes. Pero las comunidades oprimidas hemos hecho de la memoria un arma política. Pensemos en cómo las mujeres migrantes racializadas en España se organizan para mantener viva la memoria de agresiones racistas y luchas pasadas: “No estamos permitiendo que se olvide el crimen de Lucrecia Pérez, ni la masacre del Tarajal, ni a las compañeras de las freseras de Huelva, ni la de Abderrahim, Yunes uness Bilal etc, escuchar entidades supuestamente antirracistas hablar del terrorismo fascista racista de torre pacheco como una mera excepción es irresponsable, y precisamente eso es lo que evitamos ese memoricidio. Queremos que todo esto quede en la memoria de este país, porque también escribimos el presente y el futuro. Para que las que vienen después sepan que nosotras tenemos relatos.
Recordar es un acto de justicia, hablar de la esclavitud, del colonialismo, del Porrajmos (el genocidio gitano), de las vidas arrebatadas por el racismo institucional hoy, es doloroso pero necesario. Esa memoria duele, sí, pero también enseña. Nos da perspectiva de por qué el mundo es como es y nos inspira a resistir para que las atrocidades no se repitan. En contextos educativos, esto implica incorporar las memorias silenciadas en el currículo y en las conversaciones: escuchar testimonios, estudiar la historia desde el punto de vista de las comunidades oprimidas, y reconocer sus aportes en la construcción de nuestras sociedades. Convertir la memoria en lección viva, la memoria colectiva, especialmente la de los traumas compartidos, es una fuente de saber, nos alerta de las estructuras opresivas y nos muestra formas en que las comunidades han resistido. Además, al compartir memorias en grupo, transformamos el dolor aislado en dignidad colectiva. Recordar juntos sana, nos hace sentir que no estamos solas, que venimos de una línea larga de lucha. En palabras de activistas antirracistas, “elegir el bienestar es un acto de resistencia política”, y parte de ese bienestar común es dignificar nuestra historia y sanar las heridas del pasado a través de la memoria. De hecho, algunas voces gitanas subrayan que recuperar la memoria histórica del exterminio y la persecución es imprescindible para avanzar hacia la reparación. Sin memoria no hay reparación, y sin reparación no hay verdadera justicia.
-El cuerpo como archivo del trauma (y de la sanación): Nuestras emociones y memorias no viven solo en la mente; viven también en el cuerpo. El cuerpo de las personas racializadas carga con siglos de violencia: en forma de estrés crónico, de enfermedades derivadas de la discriminación, de heridas que pasan de generación en generación. La psicología nos confirma, por ejemplo, que existe un trauma generacional en descendientes de personas esclavizadas y colonizadas. Incluso sin saber los detalles, nuestros cuerpos “recuerdan” ese desamparo.
¿Cómo traicionamos la blanquitud desde el cuerpo? Primero, reconociendo que la blanquitud ha impuesto una dicotomía mente-cuerpo muy rígida (lo “racional” frente a lo “emocional” o “somático”), donde las personas blancas se situaban en lo universal racional y a las racializadas se nos marcaba como cuerpos “exóticos”, hipersexualizados, serviles, prescindibles. Subvertir eso implica poner el cuerpo en el centro: tanto en el discurso como en la práctica. Quiere decir que valoramos la experiencia corporal como una forma de conocimiento válida. Por ejemplo, en un taller educativo antirracista, esto podría traducirse en dinámicas donde reflexionemos sobre qué siente el cuerpo cuando hablamos de racismo: ¿dónde se nos tensa el miedo? ¿cómo se manifiesta la rabia en nuestros músculos, en nuestro pecho? ¿qué historias cuenta cada cicatriz, cada arruga de preocupación? Y, a la vez, usar el cuerpo como vehículo de liberación: a través de la danza, del arte, del movimiento físico que libera tensiones. Muchas culturas oprimidas han resistido precisamente desde el cuerpo, piénsese en el flamenco gitano, cuyos quejíos nacieron del dolor clandestino y común moro, negro y judío, o en los cantos espirituales afroamericanos que servían para sobrellevar la esclavitud.
Incorporar el cuerpo es recordar que no somos solo ideas, que nuestras carnes importan. Una pedagogía antirracista debería partir de esta premisa: «partir del cuerpo, siempre partir del cuerpo, no de los discursos». Solo así podemos deconstruir de verdad las violencias, “nombrando el dolor, procesándolo y superándolo” desde la raíz, que muchas veces está en las sensaciones encarnadas más profundas. El cuerpo guarda el trauma, pero también puede ser la puerta hacia la sanación, si le permitimos sentir, expresar y soltar. Cuando en un espacio damos lugar a un llanto contenido, a un grito liberador, a un abrazo reparador, estamos haciendo activismo antirracista a un nivel muy profundo.
– Espiritualidad y cuidado para sostener la lucha: Quisiera destacar aquí algo que suele quedar al margen y es crucial: la espiritualidad y el cuidado emocional. En nuestros movimientos transformadores, a veces por enfocarnos en la teoría y la acción externa, olvidamos nutrir el interior. Pero como bien indica bell hooks, “no podemos participar de manera significativa en movimientos si no estamos esforzándonos también por sanar de manera individual”. La sanación personal y colectiva van de la mano: una alimenta a la otra. En el contexto del antirracismo, sanar implica abrazar prácticas de autocuidado, comunitarias y si se quiere espirituales, que nos ayuden a canalizar ese dolor y a convertirlo en fuerza. Aquí, por espiritualidad no necesariamente hablo de religión organizada (que cada quien tiene la suya o ninguna), sino de ese ámbito profundo de conexión con uno mismo, con la comunidad, con lo trascendente. Muchas personas racializadas encuentran en sus espiritualidades tradicionales o ancestrales un refugio y un motor: desde ceremonias indígenas que honran a la Madre Tierra, hasta rituales afro-diaspóricos de resistencia, pasando por rezos, meditaciones o simples actos simbólicos que nos recuerdan que no todo el mundo es materialismo y opresión, que también hay amor, hay propósito y hay esperanza. La propia Audre Lorde decía que “cuidar de mí misma no es autoindulgencia, es autoconservación, y eso es un acto político”. Elegir cuidarnos en un mundo que nos maltrata es revolucionario. Por ejemplo, descansar es revolucionario cuando se nos exige trabajar el doble, amar nuestros cuerpos es subversivo cuando la sociedad los degrada, hablar con nuestros ancestros o con nuestra divinidad (según creencias) es reparador cuando el sistema quiere robarnos la alma. Pienso también en las palabras de Esther Mamadou que cuenta que medita cada mañana para canalizar la energía negativa que la lucha contra el racismo le provoca. “La espiritualidad es lo que me funciona para mantener este bienestar emocional. La lucha contra el racismo es una carrera de fondo y no voy a ver el final… Lo que hago es para las personas que vendrán después”, afirma. Es decir, entender nuestra militancia como parte de un legado mayor, confiar en algo más grande que una misma (sea la comunidad, los ancestros, la Justicia con mayúscula o la fe que cada quien profese) ayuda a no caer en la desesperación. El trauma racial genera mucho desgaste emocional, ansiedad, depresión, ira descontrolada, sensación de impotencia. Integrar las emociones y el cuidado espiritual nos permite sostenernos en la pelea a largo plazo sin perder la vida en el intento. Al fin y al cabo, ¿de qué sirve “traicionar la blanquitud” si reproducimos sus lógicas de productividad a costa de nuestra salud? No, traicionar la blanquitud también implica rechazar ese mandato occidental de hiper-racionalidad y desconexión emocional. Implica poner la vida y el bienestar en el centro. Así pues, incorporar prácticas de cuidado (terapia comunitaria, círculos de palabra, meditaciones guiadas, arte sanador, etc.) es fundamental para que nuestro activismo no reproduzca violencia y para que pueda perdurar en el tiempo con coherencia.
En fin, sostener el dolor en espacios educativos y activistas significa legitimar las emociones de las personas racializadas, aprender de ellas y transformarlas en acción. Supone escuchar activamente sus relatos sin paternalismo sin la mirada etnocéntrica deshumanizadora. Supone recordar juntos la historia para no repetirla y usar esa memoria como cimiento de nuevas prácticas. Supone reconocer que nuestros cuerpos sienten y recuerdan, y que allí en la “carne viva” de la experiencia hay una verdad que la teoría por sí sola no alcanza. Y supone nutrir el espíritu colectivo, porque sin esperanza, amor y cuidado, la lucha se seca.
¿Y qué significa todo esto para la “traición a la blanquitud”? Quiere decir que las personas blancas aliadas, y las estructuras educativas hegemónicas, deberán renunciar a su comodidad y a su posición central para poner en el centro estos saberes encarnados. Traicionar la blanquitud es invertir la mirada: dejar de examinar a “los otros” como objetos de estudio o beneficiarios pasivos, y dejar que sean sus voces, sus cuerpos, sus memorias y sus espiritualidades las que guíen el camino. Implica que una persona blanca en un espacio educativo, en lugar de esperar que las racializadas expliquen “su dolor” de forma asequible, se implique ella en sentir y en empatizar de verdad, incluso traicionando su papel de observadora externa. Implica también que el conocimiento válido no será solo el publicado en libros académicos escritos por europeos, sino también el que se transmite en un corrillo de mujeres racializadas contando sus vivencias, o en un círculo sanando traumas a través del tambor y el canto.
TERCERA PREGUNTA:
Chaimaa ¿Podrías nombrar brevemente algunos gestos concretos que un colectivo puede empezar a asumir ya mismo para descentralizar la blanquitud en espacios educativos/activistas?
Un primer gesto es revisar quién toma la voz y las decisiones: que las personas blancas del colectivo cedan espacios de palabra y liderazgo a compañeras racializadas, confiando en sus saberes y experiencia. También podemos revisar nuestros contenidos y referentes, por ejemplo, analizar el currículo, las lecturas o actividades que usamos y añadir conscientemente perspectivas no eurocéntricas autoras racializadas, historias silenciadas, pedagogías decoloniales, para que todas nos sintamos reflejadas. Otro gesto concreto es crear espacios de autorreflexión sobre el privilegio blanco pueden ser encuentros internos donde hablemos críticamente de cómo la blanquitud influye en nuestras prácticas, nos cuestionemos prejuicios y nos comprometamos a desaprenderlos, sin cargar siempre a quienes viven el racismo con esa tarea educativa. En lo cotidiano, gestos pequeños marcan diferencia por ejemplo, no dar por hecho que la cultura blanca es la norma en nuestras dinámicas valorando otros idiomas, músicas o festividades, y corregir las actitudes racistas que surjan estableciendo un pacto de cuidado mutuo donde si alguien señala un comentario racista, escuchemos sin defensivas, reparemos el daño y aprendamos juntas, se puede hasta crear un protocolo de actuación frente a actitudes racistas. Por último, es clave redistribuir recursos y privilegios es decir, dedicar presupuesto para formaciones antirracistas impartidas por personas racializadas, colaborar codo a codo con colectivos migrantes y racializadas de nuestro entorno, ofreciendo nuestro espacio o apoyo logístico sin paternalismo, y sobre todo estar dispuestas a renunciar al protagonismo blanco. Son gestos concretos y cotidianos que ayudan a descentralizar la blanquitud y no limitarse al discurso, sino pasar a la práctica viva cada día.
Añado algunas acciones concretas acá:
– Rotar la visibilidad: que las imágenes de carteles, redes y materiales no sean siempre de personas blancas y mostrar diversidad real y dar protagonismo a cuerpos racializados.
– Revisar el lenguaje cotidiano: eliminar expresiones racistas normalizadas y, en su lugar, aprender vocabulario respetuoso recomendado por colectivos racializados.
– Redistribuir honorarios: si hay actividades conjuntas, asegurar que las personas racializadas cobren por su trabajo, no solo se las invite “a aportar su voz”.
– Cuidar la logística inclusiva: pensar en transporte, traducción, cuidado de menores o dietas especificas para que personas racializadas puedan participar en igualdad.
– Biblioteca viva: destinar parte del presupuesto a comprar libros escritos por autoras racializadas y ponerlos en el centro de la formación.
– Rituales de memoria: abrir encuentros recordando una efeméride de lucha antirracista (Masacre de Melilla, Tarajal, Lucrecia Pérez, Porrajmo, Abderrahim etc), para mantener la memoria colectiva activa.
– Transparencia del poder: mapear qué decisiones toma quién en el colectivo y proponer cesiones claras de responsabilidades a personas no blancas.
– Tiempo diferenciado: dar espacio para que personas racializadas puedan hablar entre sí sin presencia blanca, y luego, si lo desean, traer conclusiones al grupo.- Política del cuidado: incluir pausas de bienestar (música, meditación, dinámicas corporales) que reconozcan el desgaste extra que implica hablar de racismo
.– Formación continua: comprometerse como colectivo blanco a recibir talleres impartidos por personas racializadas, en vez de pedir explicaciones informales gratis.
Espero que estas pautas les ayuden a construir seguro de aprendizaje y justicia social.
Entrevista realizada por el Colectivo Cala a Chaimaa Boukharsa en el marco del proyecto “Atravesadas: Procesos educomunicativos de la Rabia a la Acción