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RURALIDAD EN TIEMPOS DEL VIRUS

Hace poco reflexionamos en una reunión que versaba sobre Sostenibilidad de la Vida, “¿qué es el enfoque rural?. Posteriormente sacamos un artículo que ha tenido gran repercusión en redes con la idea de «Queremos pasear por el campo», pero no desde un punto de vista de ocio, sino desde un punto de vista de salud y especialmente para l@s más pequeñ@s.

Hemos querido ahondar a qué llamamos el enfoque rural y por qué aunque no se entienda se pone en el mismo lugar que el enfoque adultocéntrico, heteronormativo, androcéntrica…. etc… Porque no atiende a la diversidad. Sin duda, abordar el enfoque rural es interesante, porque a veces lo decimos con mucha ligereza sin verdaderamente ponernos a reflexionar y si no lo hacemos aquí en Extremadura y desde lo rural, realmente sería una oportunidad desaprovechada.

Dicha reflexión la enlazamos con la crisis del Coronavirus y la homogeneización de normas que se da en cualquier territorio, es decir, ya no se trata de respetar los mínimos acuerdos sanitarios (distancia de seguridad, lavarse las manos…)… Se trata de no dar respuesta a lugares donde encontrarse con gente paseando es lo raro y en donde cualquier contacto es bastante fácil de evitar. Y no, la excusa no son los accidentes si te vas al campo… No se trata de escalar picos, se trata de pasear y sí, paseando te puedes doblar el tobillo, pero también con las mismas posibilidades de tener un accidente casero, sin olvidar de una salud de fondo, por falta de vitamina D y otras afecciones mentales. Volvemos a insistir, no puede ser más seguro el metro que el bosque, no puede ser más seguro un supermercado que una huerta para consumo local a la que tengas que desplazarte.

Estos son ejemplos de lo que llamamos “urbanocentrismo” y es como bien define la palabra “mirar todo con ojos de ciudad”. Por cierto, esa misma ciudad de la que bastante gente ha huído cuando ha venido una crisis como ésta, buscando el refugio fuera… No recuerdo en cual película (tal vez en Barry Lindon), un soldado al morir grita: “¡Mamá!” es algo muy común pensar en la madre cuando las cosas vienen dadas, muy mal dadas, pensando en ese refugio en esa protección, tal vez ahora lo que buscábamos era la “Madre” naturaleza con esa misma idea, en fin, paradojas.

Justo cuando llegué a Alburquerque, proveniente de Salamanca (no considerando tampoco Salamanca una gran ciudad), llamado por mi activismo participe en  una asamblea contra la guerra de Irak (aún no había comenzado, lo haría 20 días después), me encontré con varias sorpresas: la primera, que había 10 personas (en la última que fui a Salamanca habíamos estado 15, no es necesario comparar la población de un sitio y otro ), pero aún se quejaban de que eran pocas (en esto coincidía con la de Salamanca); la otra cuestión es que había desde un chico de colegio que vino con su bicicleta, hasta señoras mayores (de la intergeneracionalidad rural hablaré más adelante). Yo, que llegué como un elefante en una cacharería, en una lluvia de ideas para protestar, propuse una cacerolada y la respuesta que me dieron fue que aquí en Alburquerque eso no valía: por una parte, la gente que tenía cacerolas nuevas o seminuevas no iba a golpearlas para estropearlas, por otra parte, si las tuvieran viejas tampoco las iban a sacar para que las vieran la vecindad… mi propuesta fue otro ejemplo de Urbanocentrismo, inocente eso sí, pero urbanocentrismo.

Este urbanocentrismo tiene varias vertientes, a saber:

  • La desvalorización de lo rural. La RAE define pueblerino como “dicho de una persona poco refinada en sus modales o en sus gustos, o carente de amplitud de ideas o puntos de vista”. Esta definición es una declaración ideológica en toda regla, que contrapone la excelencia del “ciudadano o ciudadana” con la persona que habitamos los pueblos. Sí, no consideremos la RAE como un sitio neutro que sólo recoge lo que la gente dice, tal vez merece recordar que en abril se cumplirán 50 años del Diccionario de María Moliner, mujer vetada por esta Academia (que por cierto, 50 años después sigue copado por hombres)
  • Lo idílico, lo rural como paisaje. Este tipo de urbanocentrismo, se centra en lo bucólico, en la naturaleza incontaminada, en las ovejas como mascotas, como un decorado deseable, a lo pintoresco, a lo exótico… al anuncio de “la vieja de la fabada”.
  • La invisibilización. Lo rural no existe, o sólo en periodo electoral para politicos/a, o si existe es en contraposición a lo urbano, o cuando hay alguna noticia “grotesca” que contar.
  • Como campo de “piratería terminológica”. Pongo de ejemplo, la última “moda” que he oído, de la cual hay tutoriales en las redes, el “batch cooking”, es decir, cocinar un día para toda la semana; esto no es más, ni menos que lo que han hecho y lo que vienen haciendo muchas madres en sus casas o cuando sus hijos se van fuera, cocinar para toda la semana y poner la comida en tupper o en botellas cortadas… Y así muchos ejemplos que se disfrazan de conceptos anglosajones o de ámbitos académicos o urbanos que “copian” de lo rural, y aquí no digo que copiar sea malo, al contrario, pero el problema es que se presenta como algo nuevo, original, cool, olvidando (deliberadamente, en muchos casos) sus raíces… porque, tal vez, si sus raíces son “pueblerinas”, a lo mejor no es tan cool. Quiero recalcar que nosotras, en el colectivo, también hemos hecho proyectos como “Bancos del tiempo”, importados de la ciudad, cuando en los pueblos se viene haciendo toda la vida y sin la “complejidad” de la contabilidad horaria (“a ojo de buen cubero”), aunque no quita que luego proyectos como ese hayan podido ayudar a integrarse a nuevos habitantes en lo rural.

El problema entonces no está sólo en reivindicar, sino que estamos perdiendo saberes, porque se desvalorizan, tanto que a un grupo de jóvenes de un pueblo extremeño se le pide diferenciar entre un alcornoque y una encina y no saben (anécdota real), y sí preguntamos que queremos tener en nuestro pueblo, algunos te respondan con un “Mac Auto” (hecho también real). O bien, adoptamos el discurso ajeno, el que repiten los mass media, incluso en contra de nuestros intereses y necesidades, pero esto es conocido en tantos otros ámbitos…

El sistema educativo ha contribuido también a esa “desruralización”, aun sabiendo las dificultades de una escuela rural, ésta tiene un sinfín de posibilidades, pero se legisla igual para una escuela en un centro de una ciudad que para la de un pequeño pueblo, por ejemplo, no se puede salir del centro educativo, ni para cruzar la esquina, sin papeleo mediante; el currículo no es diferenciado, ni apegado a la realidad, mi hijo se llegó a aprender las aletas pectorales, caudal, dorsal, el espiráculo de un delfín… que no tengo nada en contra de los delfines, que parecen animales simpáticos, pero, ¿no había algún animal más significativo para hacer un proyecto en un pueblo de Extremadura?¿más apegado al entorno?… no sé, el cerdo ibérico, la mosca, incluso (en la defensa del cole tengo que decir que ahora están trabajando el agua), pero claro, las editoriales carecen de esa visión rural. Los libros de textos son de ciudad y centran su mirada ahí, aparecen aviones y no tractores; supermercados y no mercadillos o furgonetas que van por los pueblos con alimentos… La ciudad como el objeto del deseo, y luego nos preguntamos porque nuestros jóvenes se quieren marchar.

El desmantelamiento del poder de los ayuntamientos también ha hecho mucho daño a esto, muchas veces para transferirlo a las autonomías, con lo cual la política de proximidad también está dañada, la posibilidad de tomar decisiones desde el territorio con nuestras propias circunstancias.

Al igual, que no se puede mirar los pueblos con la idea de rentabilidad, como no se llega a tantos habitantes, no hay urgencias, transporte público, servicios básicos… Porque de nuevo estamos desvalorizando la importancia de sostener la vida desde lo rural.

Actualmente la mitad de la población vive en ciudades (en 2050 será un 75%, siguiendo la progresión), pero ocupan un 2% del territorio.  Esta situación es insostenible y se sabe, pero se sigue hablando de la España Vaciada y no como diría Gustavo Duch de la España Llenada, que ese es el gran problema.

Con lo cual, debemos tener un enfoque que evite fugitivos del medio rural. No queremos convertirnos exclusivamente en el espacio de ocio y descanso para la población urbana para relajarse y divertirse, sin necesidad de tener que poner ejemplos extremos de aquella noticia en la que se prohibió un gallinero porque molestaba a clientes de un hotel rural cercano (como decía aquel, nadie se queja en un hotel del ruido nocturno de un camión de la basura en una ciudad, por ejemplo).

Tampoco se trata de un discurso de confrontación urbano versus rural, porque no se trata de eso, ni tiene sentido; ni de idealizar, pero hay que reivindicar lo rural, porque machacarlo se hace continuamente.

El enfoque rural es interesante porque es un foco de diversidad, a pesar de lo que se pueda pensar, en la ciudad nos juntamos con gente afín por aficiones, visión del mundo, ideas políticas… podemos formar guettos donde estemos cómodos en un ambiente más homogéneo, esto difícilmente se puede llevar a la práctica en el medio rural, al final las conexiones son más ricas, variadas y diversas.

Tenemos que pensar también que no sólo por el hecho de vivir en un pueblo se tiene un enfoque rural, al igual que no sólo por ser mujer se tiene un enfoque de género (en ambos casos ayuda, por empatía), porque el sistema dominante nos aculturiza.

También hay que pensar que cuando hablamos de rural, la diversidad es bien grande, no es lo mismo la población rural de Andalucía, Castilla la Mancha, Badajoz… que son, en general, pueblos más grandes que las poblaciones de Castilla León, Cáceres, Aragón, Galicia… que son, en general, poblaciones más pequeñas.

El enfoque rural no es querer tener una estación de AVE a 15 kilómetros, con un tren normal que hiciera el trayecto en un tiempo razonable, nos conformaríamos, porque entre otras cuestiones el AVE no vertebra, sino que produce más despoblación (información sacada de Paco Casero, de Ecologistas en Acción).

Por lo tanto, cuando nos referimos al enfoque rural, estamos revalorizando esas cuestiones que ponen la vida en el centro y sacando nuestro orgullo rural, sin tener, por otra parte, ser esclavos de las tradiciones (porque por ejemplo, la sociedad rural se puede catalogar de machista, pero no mucho menos que en las ciudades, aunque seguramente menos sutil).

Los elementos imprescindibles de este enfoque rural son la heterogeneidad y diversidad (como hemos comentado antes la existencia de menos personas no facilita la existencia de guettos); intergeneracionalidad (los espacios de edad no son tan marcados); identidades incluyentes y múltiples; resituar los saberes importantes, en cada lugar habrá unos saberes más importantes que otros, pero no minusvalorar o categorizar unos respecto a otros, ¿qué es más importante distinguir una encina de un alcornoque o saberse las líneas del metro? ¿Conocer los ciclos de la vida observando nuestro entorno o manejar una máquina de la zona azul? Pues en cada lugar una cuestión tendrá importancia sobre la otra.

Cuando desde nuestro colectivo trabajamos en áreas rurales sabemos que no por el hecho de trabajar en pueblos se tiene ya incorporado el enfoque rural, sino que hay que ponerse esas gafas; hay que combatir contra los estereotipos, los externos y los asumidos como propios que en muchas ocasiones dañan la autoestima; si se trabaja en otros territorios, hay que buscar aliadas, no se puede llegar a los sitios como “paracaidistas”, pero hay que saber también cómo se perciben esas aliadas en el territorio, porque al final son tus anfitriones/as.

La participación en el mundo rural (entendiendo ahora sí participación en un escalón bajo de lo que Roger Hart llamó la escalera de la participación; es decir, la asistencia a un evento que organizamos, por muy interesante que nos parezca) es diferente con respecto a las ciudades. En éstas últimas con un cartel o una convocatoria puedes asistir a una charla o a una proyección de cortos sin pensar en nada más; en el mundo rural también puede ser así (tampoco hay que categorizar radicalmente), pero hace mucho la invitación personal (o colectiva). Más de una vez hemos escuchado aquello de “no fuimos porque a la asociación no nos invitaron” (es decir, no había habido un contacto directo y expreso previamente).

Si hablamos de la participación real, es decir, la generación de procesos comunitarios extendidos en el tiempo que permitan o al menos se dirijan a la propia emancipación de los grupos, existe un riesgo añadido en el contexto rural… La lógica de nuestros tiempos/subvenciones es más difícil de asimilarlo en lo rural, me explico, no deberíamos (o al menos no como forma habitual) cerrar procesos en falso, apelar a la autonomía de los grupos cuando éstos no están preparados, etcétera… esto puede ocurrir en todos los ámbitos, la cuestión es que por pura aritmética (y algo más), en un futuro, en áreas urbanas se podrá iniciar un nuevo proceso/subvención sin tantos daños colaterales: hay más gente (con lo cual puede ser distinta), las opciones son más amplias, etc… pero en zonas rurales, será difícil (re)iniciar un proceso si el anterior no se completó o se completó sólo para la pura formalidad.

Volvemos a insistir que en nuestros discursos desde y en lo rural tienen que apelar a la dignidad, al orgullo rural, a la revalorización de saberes, tratar lo conflictual de la tradición y la innovación, no desde “lo bueno” o “lo malo”, sino desde un proceso dialógico.

Otra de las claves es el sentido de responsabilidad comunitaria, volvemos al ejemplo que nos atañe, en ciertos pueblos es la propia vecindad que con sus tractores desinfectan calles contra el virus, cuando vives en la ciudad esa responsabilidad se diluye, se sobreentiende que tiene que venir alguien a hacerlo.

Nosotras muchas veces nos ayuda en nuestras zonas rurales extremeñas la empatía de considerarnos el Sur del Norte y hacer analogías con otros pueblos del mundo que pueden vivir situaciones parecidas: fuga de cerebros (migraciones); funcionamiento de la economía (sector primario)… Quitarnos de la cabeza que no estamos “subdesarrollados” como podemos también repetir con otras partes del mundo, que no estamos “subdesarrollados” por no tener industrias de combustibles fósiles, o por no tener el complejo de ocio (“nuestro Eurovegas”) en la Siberia Extremeña como quiere la Junta…

Tampoco hay que ser ingenuos y no reconocer que muchas de las personas que viven en esas zonas quieren esas actividades que van contra el propio territorio: minas, complejos de ocio, refinerías…, pero esto es debido a la trampa del propio sistema. El empleo, hoy por hoy, es prácticamente la única forma de conseguir dinero, y el dinero, es prácticamente la única forma de proveerse de lo esencial material: alimento, vivienda… Esta es la trampa, las personas no van contra el territorio, algunas/bastantes/muchas (cada una que ponga el adverbio que quiera según su optimismo) lo que quieren es proveerse de lo esencial sin moverse de su territorio, es decir, dinero, es decir empleo y eso, en tesituras donde hay que escoger, se puede anteponer a todo lo demás.

Pero debemos considerar que en las zonas rurales es donde se preserva el medio natural, donde se producen los alimentos (¡ojo! No muchas veces donde se procesa), que somos cuidadoras de saberes, de folclore, de cultura, de paisajes, custodiamos nuestro entorno y esto tiene un valor infinito, pero claro, no es un valor que se haya monetarizado, con lo cual desvalorizado en el sistema en el que vivimos.

No podemos mirar a los pueblos con los parámetros de progreso o de modernidad que marcan otras personas, o muchas veces, con medidas (como el confinamiento absoluto) que aquí podrían ser matizables.

 

 

 

 

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