+34 684 45 12 27
info@colectivocala.org
+34 684 45 12 27

LO SOÑADO Y LO VIVIDO (II)

La vida y la actividad en el castillo nos enseñaron otras cosas. Algunas las sabíamos o preveíamos: como la dificultad de la relación con las instituciones y su burocracia. Otras nos sorprendieron, al menos a mí.

En primer lugar la escasa motivación de algunos de los grupos de alumnado que vinieron y, lo que es peor, del profesorado que los acompañaba. Hubo, por supuesto, grupos tam­bién con motivación y trabajo previo y profesorado auténticamente comprometido, pero esto no nos sorprendió. Era lo que esperábamos, no que se convirtiera, en algunos casos, en una especie de actividad extraescolar de ocio barato.

Tal como yo lo entendía nuestro proyecto iba de ayudar a gente que ya, en alguna medi­da, aunque fuera confusa y escasa, quería cambiar. No tanto de inducir, motivar o, inclu­so, convencer, la necesidad del cambio. Para apoyar a personas y grupos que ya estaban implicados en un proceso alternativo, una actividad puntual podría tener un sentido. Mejor, claro está, una mayor continuidad, pero si había un proceso autónomo en marcha la nece­sidad de dicha continuidad no era tan imperiosa. Para cambiar la práctica y el sentido de un colectivo no implicado en absoluto en un proceso transformador una actividad puntual tiene poca incidencia, suponiendo que haya alguna actividad que la tenga. Salvo que en algún colectivo hubiera personas -en el alumnado o el profesorado- en algún proceso de transformación y a las que nuestro apoyo supusiera algo significativo, la incidencia de nuestro trabajo podía ser muy reducida.

Aún así, en estos contextos hostiles o indiferentes, una cosa era analizar para entender e implicarse más eficazmente, adaptándose a las zonas de desarrollo posible, y otra, situar­se por encima e, incluso, juzgar y condenar. Y no sé si alguna vez habremos caído en ello. O en sus proximidades.

En segundo lugar me sorprendió la relativamente escasa respuesta de los colectivos, en alguna medida, alternativos. Creo que es una cuestión compleja en la que intervinieron (y siguen interviniendo) diversos factores:

  • Alburquerque está lejos, incluso de otros sitios de Extremadura (en aquellos años del castillo cualquier actividad con colectivos tenía que contar con la participación de al menos una parte de gente de la comunidad autónoma).
  • Buena parte del movimiento alternativo en Extremadura tenía (y tiene) unas carac­terísticas de dispersión, fragilidad, discontinuidad, debilidad… que hace muy difícil juntar un número adecuado de personas para las actividades que proponíamos. Tanto más cuanto que bastantes personas de estos colectivos son polimilitantes y sienten el tiempo como un bien escaso.
  • Tal vez nuestras propuestas no eran suficientemente atractivas: respondían más a nuestros planes que a sus necesidades, la formación en otras metodologías y téc­nicas grupales podía incluso chocar excesivamente con sus modos o, al menos, no ser una carencia detectada como importante, puede que no hubiera confianza en nuestra capacidad o en nuestra orientación…

Seguramente hay más respuestas y es una cuestión sobre la que volvemos y volveremos, creo, hasta que encontremos, ojalá, un camino viable de apoyo (lo más mutuo y lo más autogestionado posible) a lo que se mueve. En los escenarios donde el movimiento es dé­bil el reflujo se lleva casi todo lo construido y cuando viene de nuevo la ola ascendente hay que empezar casi de cero. Pero entonces apenas hay posibilidades de construir algo fuerte y estable y el nuevo reflujo deja la playa otra vez casi desnuda y alisada. Sólo veo una salida a esta especie de suplicio de tragedia griega: trabajar en los tiempos de retro­ceso para construir algo pequeño, pero sólido (islas), que pueda acoger y potenciar la construcción, en los tiempos de avance, de algo más potente y estable (archipiélagos). Creo que el Cala, en su pequeñez, está ahí.

  1. Como era de esperar, la relación con la Consejería, y específicamente con la Dirección General de Juventud, se fue enfriando (si alguna vez estuvo caliente) y se fue deterio­rando… hasta su final. El balance de nuestro trabajo en esos tres años en el castillo creo que podría calificarse de brillante, con todos los peros expuestos. Creo que el al­bergue tuvo una vida intensa, supongo que como nunca, se hicieron cosas interesan­tes que salieron bien, otras que salieron regular y otras que no salieron, se hicieron co­sas relativamente interesantes que salieron relativamente bien, otras regular, etc.

Avanzamos como grupo, lo que supuso también la aparición de diferencias -de crite­rios, de conductas y de valores-, alguna irresoluble, con las consiguientes crisis. Las superamos, con sufrimiento. Nos reforzó. Intentamos por todos los medios ser un gru­po igualitario, nos fuimos acercando a ello, una y otra vez, reajustamos continuamente los roles y las funciones para que eso fuera así. Creo que el proyecto no hubiera so­brevivido ni a la penúltima crisis ni a la cancelación (de modo poco elegante y transpa­rente) de nuestra colaboración con la Consejería si el grupo no hubiera avanzado sig­nificativamente en su autoconstrucción. Vinieron años malos, pero no nos hicieron más ciegas, sino más conscientes e igual de resueltas.

Hay muchas cosas que me emocionan de la gente caleña, pero quiero resaltar ahora su generosidad, su compromiso, su creatividad, su capacidad de trabajo… Bueno, ya está.

Una de las consecuencias más importantes del final del proyecto castillo es que baja­mos a Alburquerque y con dificultades y facilidades comenzamos (o continuamos) a establecer lazos reales con lo local. Algunas de las dificultades venían enredadas en conflictos locales que nos eran ajenos: por una de las partes fuimos consideradas como de la otra parte sin que eso significara que la otra parte nos asumiera como su­yos.

  1. A diez kilómetros de Alburquerque un proyecto de Adenex y Apevex, con la colabora­ción, creo, del ayuntamiento, de la diputación y de la confederación hidrográfica, había iniciado la construcción de un aula de naturaleza. No era, ni mucho menos, un proyec­to de construcción ecológica, pero era algo. Aunque algo sin terminar. Teniendo en cuenta todo, creo que podría decirse, siendo optimistas, que estaba a medias. Estaba lo gordo, en malas condiciones, y faltaba lo flaco, que era más gordo que lo gordo.

El entonces alcalde nos dijo que se comprometía a terminar el proyecto, a mover los hilos para que cada parte colaboradora colaborara con su compromiso colaborador, si nos comprometíamos a ponerlo en marcha, a darle contenido y continuidad. Seguro que no lo dijo así, pero ese era el sentido. De nuevo un salto. No tan rupturista como el primero, pero un salto al fin y al cabo. Embarcarse en un nuevo proyecto. Nos atraía y lo necesitábamos. Lo necesitábamos y nos atraía.

  1. Y así desembarcamos en lo que entonces eran “Los Chozos” y hoy, por causas de las que no quiero acordarme, “Tierra reVerde”, un cierto préstamo -en el nombre mejora­do- de nuestras amigas de Barbiana, que agradecemos.

Pero no fue tan fácil: desde que asumimos el nuevo proyecto hasta que de verdad las nuevas instalaciones estuvieron mínimamente utilizables pasó mucho tiempo y se nos hizo muy largo. Empezó la época de los viajes, la agitada vida de talleristas itinerantes. “Eran” más jó­venes y no teníamos compromisos familiares, aunque estos fueron apa­reciendo sin prisa, pero sin pausa.

Hubo nuevas incorporaciones muy importantes. El grado de motivación e implicación, mejoró -al fin y al cabo, nos llamaban- y poco a poco fuimos llegando a una fórmula que paulatinamente se ha ido consolidando (y modificando): uno o dos proyectos gran­des que presentábamos a las instituciones y requerimientos de centros y colectivos di­versos para hacer talleres o desarrollar actividades.

(continuará)

    No Comment.